Televisión, videojuegos, redes sociales y déficit de atención infantil

Estás en un restaurante con la carta en la mano. Tu hijo, harto de comer siempre macarrones y pollo, siente curiosidad por “la carta de los mayores” y escoge dos platos. En ese momento debes tomar una decisión, ya que si le dejas dar ese paso, es muy probable que nunca quiera volver al menú infantil.

Es posible que en la actualidad esté pasando algo parecido con la enseñanza. Los niños de hoy en día tienen acceso a un caudal de recursos culturales y lúdicos tan enorme que hace que la oferta educativa clásica pierda gran parte del atractivo que los adultos podemos ver en ella.

Los padres, pertenecientes algunos de nosotros a la generación que creció traumatizada por la muerte de la madre de Bambi :-), hemos intentado proteger a nuestros hijos de los contenidos que puedan dañarles, y también de los excesos y las adicciones que estos nuevos recursos pueden generar. Pero es evidente que el atractivo de un videojuego, una serie de televisión o los vídeos de YouTube distan mucho de los TBOs que nosotros leíamos.

Si un niño se acostumbra al ritmo de las películas actuales, a la acción trepidante de un videojuego, o a las múltiples fuentes de diversión que ofrece la red, ir a clase cada mañana puede ser como volver a los macarrones y al pollo tras probar los suculentos manjares de la carta de los mayores.

Cuando el niño desconecta y deja de prestar atención puede ser por una falta de madurez, por dificultades en el aprendizaje, déficit de atención…, pero también puede deberse a un problema del formato, del contenido o del emisor de la información. Hay que analizar cada caso detenidamente para averiguarlo. Me refiero a que sería una muestra de incompetencia recetar medicamentos en la primera visita. Las causas de la pérdida de la atención en clase pueden ser muy variadas y hay que valorarlas todas en su conjunto. Existen niños con déficit de atención que no se pierden una coma en algunas asignaturas, por lo que si el grado de atención depende del interés o la motivación del niño por la materia, tal vez lo que hay que conseguir es desarrollar la habilidad, hábito, disciplina o paciencia que los adultos hemos aprendido a desarrollar para extender la atención a asuntos menos interesantes pero necesarios.

Además de los avances en el diagnóstico y el tratamiento del déficit de atención infantil, deberíamos esforzarnos todos en conseguir un mayor equilibrio entre el interés que ofrecen los recursos culturales y lúdicos que tenemos en casa y los que ofrece la escuela. Una opción es disminuir o dosificar la oferta de diversión en casa, un recurso que a veces se aplica erróneamente como castigo. Otras opción es hacer que las clases sean más atractivas e interactivas, como se defiende en el vídeo de Ericsson The future of learning, Networked Society. Si se está aplicando la gamificación en las empresas y en la relación con el cliente, supongo que alguien la estará aplicando también en la enseñanza.

Las empresas se han dado cuenta de que los trabajadores tienen dispositivos móviles más potentes, inteligentes y divertidos que los corporativos y que los nativos digitales están pidiendo el uso de herramientas colaborativas y sociales en su trabajo. Estas necesidades, unidas a las actuales políticas de ahorro, han generado la tendencia llamada BYOD (Bring your own device), que consiste en que las empresas están permitiendo el uso de smartphones y tablets personales para aplicaciones corporativas. Tal vez el camino consista en aplicar a la escuela nuevos formatos que ayuden al profesor a capturar la atención de unos niños que, para bien o para mal, tienen una estructura mental y unos hábitos e intereses distintos de los teníamos nosotros a su edad.

Según Don Tapscott, la actual es la primera generación que trabaja, juega, piensa y aprende de forma diferente a sus padres. Si el sistema educativo no se adapta a la nueva forma de aprender que los niños de hoy reclaman sin decirlo, es posible que el fracaso escolar aumente.

Todo ello sin menospreciar la posibilidad de aprovechar el contexto económico actual para recuperar los valores básicos y volver a un modelo de infancia clásica, en el sentido de menos dependiente de la tecnología y menos acelerada, que permita al niño y a sus padres saborear esta etapa efímera e irrepetible. Estas Navidades oí a un niño de 11 años decir que tenía prisa por tener 18, que se sentía como un adulto en un cuerpo de niño. ¿Ha llegado la hora de ralentizar el crecimiento cognitivo de nuestros hijos en las áreas que todavía no necesitan, para que disfruten de su infancia, o eso sería como si hubiésemos apartado al Mozart niño del clavicordio para que jugase más con la pelota?

Supongo que la respuesta está como siempre en el equilibrio. Y en este contexto surgen iniciativas realmente encomiables, como la de un profesor del colegio Pare Manyanet de Barcelona, que ha diseñado un juego de simulación empresarial en el que los niños forman grupos de cuatro componentes: un comercial, un jefe de compras, un contable y un directos de I+D+i. Cada día, estas pequeñas empresas de cuatro alumnos dedican una sesión a este juego, que les obliga a desarrollar de forma divertida habilidades relacionadas con la vida real, y con asignaturas, como las matemáticas, que tradicionalmente se han considerado menos accesibles que las otras.

Ese puede ser uno de los caminos a seguir. Seguro que hay muchos más.

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