Genética, intimidad y solvencia financiera

Todo empezó cuando algunas clínicas empezaron a ofrecer a los futuros padres la posibilidad de seleccionar el sexo de sus hijos. Después se incluyó el color de los ojos y del cabello, la estatura y los rasgos faciales. Finalmente, los padres podían escoger el nivel de inteligencia, ciertos aspectos del carácter e incluso excluir los defectos físicos o psíquicos que pudiesen suponer un obstáculo para conseguir una vida orientada al éxito personal, social y profesional. Ello generó dos grupos de ciudadanos: los seleccionados genéticamente y los engendrados de forma natural. Sólo los primeros podían acceder a los trabajos de mayor responsabilidad. Los otros eran declarados no válidos. Este es el argumento de la película Gattaca, en la que, según la enciclopedia Wikipedia, se presenta la distopía de un mundo transhumanista. Es otras palabras, se describe el extremo más perverso de una sociedad ficticia en la que se hace un uso intensivo de la ciencia y las nuevas tecnologías para mejorar las capacidades mentales y físicas del ser humano.

En la película, los marcadores genéticos de cada persona son conocidos por el Estado y por las empresas, de manera que éstas pueden seleccionar a sus trabajadores y clientes de acuerdo con el perfil requerido y con un margen de error muy reducido. Se describe una sociedad en la que el origen genético es prácticamente público y la intimidad queda relegada a un segundo término, frente a la ventaja social y económica de disponer de los trabajadores más capacitados y de los clientes más solventes.


Hace unos días, a través del post "La cara lo dice todo" del blog de Enrique Dans, accedí a un artículo de The Economist titulado "About face", en el que se comentaban los resultados de un experimento realizado en Estados Unidos sobre la confianza que ofrecía el solicitante de un crédito a través de su foto. El estudio de basaba en comparar las evaluaciones crediticias de dos grupos. El primero había sido contratado ad hoc, y sólo basaba la decisión de conceder un préstamo de 100 dólares en el análisis del rostro del solicitante y, por consiguiente, en el riesgo de impago que sus rasgos faciales transmitía. El otro grupo estaba formado por los integrantes de una plataforma P2P en la que unos particulares solicitan préstamos y otros los conceden. Los resultados de laboratorio del primer grupo coincidieron bastante con las estadísticas de concesión de créditos del segundo, en el que las personas que parecían menos fiables acababan pagando un diferencial superior.


El artículo de Economist nos hace recordar otros precedentes relacionados con el análisis de los rasgos faciales:


1. La antropología criminal de Cesare Lombroso, en la que se relacionaban los indicadores antropomórficos con la propensión al delito. Sus teorías se aplicarían tangencialmente en el estudio comentado para intuir la propensión a la morosidad.


2. La selección natural que se produce al escoger a la pareja, en la que parece ser que no interviene sólo la belleza, sino también la confianza que ofrece la expresión y las facciones del rostro. De ello se podría extraer la conclusión de que en la selección de la pareja intervienen estímulos parecidos a los que en el estudio comentado se empleaban para intuir la solvencia financiera de una persona y concederle o denegarle un crédito. Desgraciadamente, Internet ofrece en la actualidad sistemas menos románticos para conocer la estabilidad financiera que una persona puede ofrecer. En el blog de Enrique Dans un comentarista se refiere a esta selección natural basada en criterios de estabilidad económica para justificar la asociación entre belleza y riqueza, y entre pobreza y fealdad.


3. Las técnicas de reconocimiento facial utilizadas para identificar terroristas a través de las cámaras situadas en aeropuertos y lugares públicos. La misma tecnología puede ser utilizada como medida de seguridad y de control de acceso a lugares restringidos, para evitar el fraude en casinos, para buscar en un banco de datos de sospechosos a partir de un retrato robot, etc.


4. Con una finalidad más lúdica, las cámaras fotográficas actuales saben reconocer una cara e incluso una sonrisa. Los programas de gestión de fotografías pueden memorizar los rasgos faciales de una persona concreta y realizar búsquedas en miles de fotos para determinar en cuáles de ellas aparece la persona seleccionada. Lo mismo podrá hacerse con cierta fiabilidad en los buscadores de imágenes en Internet. Con un buen algoritmo de reconocimiento facial, los resultados de esas búsquedas podrían llegar a ser valorados como indicio para solicitar una posterior prueba de paternidad biológica. Puede ser una leyenda urbana, pero cuentan el caso de un señor que quiso clasificar todas las fotos en las que salía su hijo con un programa que tenía esta función y en los resultados aparecía también un amigo de la familia que tenía una gran similitud con su hijo.

Como siempre, la tecnología puede permitir usos aceptables y usos perversos en función de la finalidad de cada usuario. Volviendo a Gattaca, el esfuerzo realizado por el protagonista para ocultar su condición de "no válido" y acceder a un puesto de trabajo superior, recuerda los trucos utilizados por los candidatos en los procesos de selección de personal. Y no me refiero sólo al CV. Por ejemplo, frente a la medida de los departamentos de RRHH consistente en investiga la página del candidato en Facebook, surgen en la propia red las contramedidas en forma de manuales que enseñan cómo preparar tu página de Facebook para que merezca la aprobación de un departamento de RRHH.

También hay manuales que enseñan cómo hay que preparar la solicitud de un crédito y reunir todos los requisitos para asegurar que te lo concedan. Si las técnicas de análisis facial llegasen a un punto de fiabilidad suficiente para que las entidades financieras las utilizasen como un indicador del riesgo de morosidad de sus clientes, dentro de unos años los cirujanos plásticos podrían incluirse en el círculo de responsables de una nueva crisis subprime.

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