El daño que la relación laboral ha hecho en el sector de la abogacía (Episodio 2)

Los efectos negativos que estoy atribuyendo a la relación laboral pueden provenir también de la suma de otros factores, como los que he comentado en la entrega anterior: la educación, la pertenencia a una determinada generación o la escala de valores, pero en mi opinión, la relación laboral ha contribuido a acentuar estos efectos.

No digo que la relación laboral sea un tipo de relación inidónea para los despachos de abogados, sino que puede haber sido la base de un cambio cultural que ha afectado al carácter, a la motivación, a la creatividad y al sistema de asunción de riesgos de los profesionales que han desarrollado su carrera en ese marco contractual.

Por eso, cuando hablo de abogado asalariado me refiero al abogado que asume el corsé de salariado y que se comporta como un asalariado autolimitado, a pesar de haber escogido lo que antes llamábamos el ejercicio “libre” de la profesión.

Ajenidad de riesgos: la teoría y la realidad

Una de la características que definen la relación laboral es la ajenidad de riesgos. Da la impresión de que muchos abogados asalariados se lo han creído.

Muchos abogados trabajan con la falsa percepción de que todos sus errores los asume el despacho. Y es cierto en parte. Pero existen algunas diferencias entre la responsabilidad de un profesional que lleva el asunto de un cliente de forma inadecuada y la de un trabajador asalariado que comete un error en el ensamblaje de un producto.

Prueba de ello es que todos los abogados colegiados tienen un seguro de responsabilidad civil individual, y que en el Código Penal existen delitos relacionados con la negligencia y el secreto profesional, cuya comisión se atribuye al abogado y no al despacho.

El esquema basado en categorías profesionales tiene como objetivo asegurar la calidad del trabajo a través de la supervisión en cascada  e impide que un profesional inexperto tenga un contacto directo con el cliente. Pero, ¿cuántas veces ha sucedido que, con las prisas o con esa falsa percepción de ajenidad de riesgos, el documento elaborado por un junior se ha leído en diagonal en el nivel superior, e incluso en el nivel superior al superior, y al final ha sido entregado al cliente sin una revisión profunda? ¿Y los documentos que incluyen datos de otro cliente?

Un atributo esencial del abogado asalariado es la dificultad para crear un documento desde cero, sin partir de un modelo. Es habitual que cuando un abogado recibe el encargo de un documento, lo primero que pregunte es dónde está el modelo, perpetuando la convicción de que forma parte de una cadena de producción en la que la creatividad no es un elemento esencial, y en la que cualquier defecto en el documento entregado al cliente tiene su origen en el modelo original o en una supervisión incompleta. 

Es evidente que hay excepciones, pero es difícil encontrar hoy en día un abogado joven que desde el principio se considere el máximo responsable de su trabajo, que disfrute creando un texto brillante a partir de una hoja en blanco y que piense que está trabajando para el cliente, y no para su superior. Es decir, que no redacte pensando que es un borrador sujeto a revisión, y que por lo tanto puede contener errores de planteamiento, faltas de ortografía o una redacción nefasta. Esto es exactamente lo que pasa cuando piensas que tu superior es un corrector en vez de un supervisor y que trabajas con una red de seguridad que te protege de cualquier riesgo.

El sentimiento de ajenidad

Pero lo que más desanima es que, sea cual sea el modelo de gestión: autoritario o participativo, distante o próximo, los abogados que han asumido el rol de asalariado no sienten que forman parte de un proyecto de futuro en el que tienen un papel decisivo. Las frases más valiosas y esperadas son las que empiezan por: “He pensado que podríamos…”. Sin embargo es muy raro que se produzcan. La persona que las formula es, para mi, un socio en potencia.

Ello se une al ideal, inherente a las nuevas generaciones, de no estar más de dos o tres años en el mismo sitio. Es un ideal que parece importado directamente del Silicon Valley, y es verdad que es la mejor forma de salir de la zona de confort que genera un trabajo estable, pero siempre se ha valorado negativamente un CV con muchos empleos de corta duración. Y un profesional que no piensa estar mucho tiempo en tu despacho será difícil que asuma un nivel de compromiso suficiente para alejarlo del sentimiento de que el proyecto no es ni será nunca suyo. Tengo pocas esperanzas de que, en la etapa post-covid, los profesionales jóvenes abandonen ese rol de “visitante” o de nómada, que tanto ha contribuido a incrementar los índices de rotación de los despachos, y de que asuma un mayor nivel de compromiso con el proyecto del que forma parte. 

Me abstengo de dar mi opinión sobre el abogado mercenario, porque es sabido que un profesional que entra por dinero, por dinero se va, y que si el único vínculo que tiene con el despacho es el salario, nunca alcanzará el nivel de compromiso esperado. Es mejor no contratarlos, siempre que consigas identificarlos en el proceso de selección.

Cuanto mayor es el sentimiento de ajenidad, mayor es la falta de aportaciones y de asunción de responsabilidades. En el análisis de la crisis financiera de 2008 se debatió mucho sobre el sentimiento de ajenidad del riesgo (riesgo moral o moral hazard) del sistema financiero, que estaba seguro de que, fuese cual fuese su comportamiento, el Estado acudiría siempre a su rescate.

Ayer ponía el ejemplo del paquete de Amazon porque me imaginaba la cara que pondría un cliente, o nosotros mismos, si un abogado asalariado tratase un encargo de la misma manera: te informase de que ha recibido el mensaje, que empieza a trabajar en él, que estima poder entregarlo en cinco días, que te alerta de cualquier incidencia en el trabajo o en la previsión de entrega y que te sorprende gratamente entregándotelo un día antes a la fecha acordada. 

Ayer me comentaba una abogada joven que algunas de sus amigas están afectadas por un ERTE. Lo que le sorprendía era que, en vez de estar preparándose para la vuelta, afilando el hacha como te explican en las escuelas de negocios, le estaban enviando vídeos y payasadas de TikTok a todas horas. Después dicen que de esta crisis saldremos mejores y más fortalecidos. Si estos atributos se adquieren en TikTok, seguro que sí.

Los mecanismos que gestionan la atribución de responsabilidad sobre los éxitos y los fracasos parecen estar configurados en modo de externalización total cuando confundes un correctivo a tu carrera profesional con unas vacaciones. Y le llamo correctivo porque tu capacidad de seleccionar lo mejor para tu futuro tal vez no estaba activada en el momento en que decidiste la carrera a estudiar, la especialidad, el despacho, y lo más importante: tu contribución al despacho. Si en esos momentos cruciales de tu vida actuabas por inercia y tenías puesto el piloto automático o el salvapantallas, este es el resultado.

Pero tienes razón, estamos ante un cisne negro. Era difícil predecir una situación como ésta. Sólo te pido que nos preguntemos si podíamos haberlo hecho mejor.

Hay una carrera universitaria en la que los padres sólo pagan el primer año. Los restantes años los paga el alumno con la facturación de la start-up que tiene que crear durante el primer curso. No sé si ese es el camino, pero no estaría nada mal que los profesionales llegasen al mercado con un talante más emprendedor.

En el IMD te preguntan constantemente si vas a asumir un rol de creador o de consumidor. Activo o pasivo. Explorador o prisionero. Proactivo o reactivo. Para que nos entendamos: influencer o follower.

¿Qué eres tú?

Fotografía de Cristofer Jeschke obtenida en Unsplash